miércoles, 22 de febrero de 2012

POEMA DE ADELANTO // Un poema de "Barro (H)otel" de Angélica Panes. Nuevo título de los Cuadernos de Poesía



Pero había una sentencia, una culpa
una miseria acogedora, una refugiada que nos hacía ser
en esa soledad reconocidos cuando nos improvisábamos
en estancia, en zaguán, en aire viciado

y alguien ceremoniosamente abría la puerta y nos invitaba
mostrándonos el cuartito, un tufillo de aromas mal mezclados
el encierro que tornaba mustios los claveles desgajándose
sobre la mesa del salón ante el espejo

y un olor gamuza en toda la extensión del lugar.


de "Barro (H)otel"
Angélica Panes (Santiago, 1986)






sábado, 17 de diciembre de 2011

Presentación de "Viewmaster" por Roberto Contreras



“La señal de todas las cosas”, Sobre Viewmaster, de Gastón Carrasco

Muchas imágenes se me pasaron por la mente mientras leía las páginas de Viewmaster, de Gastón Carrasco:
1
La primera, que es un joven poeta, al igual que todos nosotros, porque mientras tengamos con vida a Nicanor Parra todos lo somos. Muchos antes, cuando Parra no tenía los 97 años actuales, nos decía: “Jóvenes/ escriban lo que quieran/ en el estilo que les parezca mejor/ ha pasado demasiada sangre bajo los puentes/ para seguir creyendo –creo yo/ que sólo se puede seguir un camino: / en poesía se permite todo”.
Pero no quiero aprovecharme del reconocimiento que ha tenido Parra estos días. Sino quisiera encontrar un punto de mirada, una perspectiva, para situar las imágenes cargadas de sentido que enfrenta y también esquiva definir este libro.
2
La segunda idea, que sea una plaquette o un zine, tampoco le quita la condición de libro, menos de literatura. Todo es cancha, la ampliación del campo de batalla ha comenzado hace demasiado tiempo, y ha corrido demasiada sangre bajo los puentes.
3
La tercera idea, dice relación con que Gastón, supongo involuntariamente, por las juntas que ha sostenido con Raúl Hernández que oficia de editor de este libro y la proyección de una serie de cuadernillos, también se vuelca a la fotografía como material poético. Vuelvo al papel que le toca al autor de, entre otros libros, de Polaroid, para decir que detrás de esta obra hay mucho trabajo. Todos los escritores que se precien de tal porque escriben, y no porque dicen ser escritores, saben que escribir no tiene nada que ver con la inspiración sino que con la persistencia en el trabajo. Bien lo dijo Baudelaire, también en su momento lo afirmó Manuel Rojas: “La creación es, desde cualquier ángulo que se mire, y desde el momento que requiere muchísimo trabajo, una lucha contra una oposición que obra, con su inercia y obstáculos, contra el hombre que pretende crear (…) toda creación es una lucha, así como también es un placer”.
4
Una cuarta imagen está algo desfigurada, ya que no es mía, sino forma parte de los recuerdos que componen la memoria de Gastón y centran su ojo en el corazón de su alma. Se ve la familia, aparece el amor, los ideales, su concepción ideológica: “Amo todo lo que crece en mí”, dice Raymond Carver. Y estos poemas recogen esa sensibilidad. Son más que eso. Pues no quieren ser palabras, quisieran ser una imagen, pero evitan ser fijadas en una foto.
5
Quinta idea: Viewmaster es un cuaderno de notas donde alguien bosqueja, apunta, para fotografiar su pasado y revelar su futuro. Pero ¿cuál sería entonces el presente de Carrasco? Me animo a decir que la Escritura, ese es su refugio, su aliento, su sombra, su techo ante la intemperie de su poesía callejera, civil, comprometida, primero consigo mismo, porque lo personal es político. Y estos poemas son esencialmente políticos. No sé si eso le acomoda a Gastón, creo que sí, pero tengo que decirlo.
6
Sexta idea, recojo algunas citas:
-“mientras llovía, quizás habría/ visto la ilusión de un dios, plasmada entre el vidrio y/ la distancia, reluciendo agotado la mirada”, dice en el poema que abre el libro.
- “y aspiré siempre a escribir sobre tu hallazgo ser/ parte de la revelación de aquel suceso/ el abandono”… hace un guiño a Raúl Hernández con eso del ojo del perro y el anuncio de Copec. Pero antes, una entrada fugaz a la novela de Mauricio Wacquez.
- En “Negativo a contraluz” dice: “detenerse a mirar cada artista/ callejero, en cada esquina/ creer que aún quedan/ cosas por hacer y escuchar”.
- Ya en el título “Torres de alta tensión: / crucifijos o las cuentas/ de un rosario” bastaría para decir que la ciudad-escrita es parte de su culpa. Esa imagen se mantiene en varios textos, porque se niega a escribir. Cuesta asumir esa condición. Juego o provocación, emerge como su condena. A ratos se avergüenza, pero tampoco hay vuelta a atrás. Es el cableado de la ciudad en su vida.
- Una hija mira un álbum fotográfico “lo mismo que inventa cosas mientras narra”. Las fotos de la familia, esos lazos trenzados y rotos, son la escritura del recuerdo. Por eso dejar que luz de la luna se cuele, entre para quedarse. Todo es cambiante como la luna.
- “Es cuestión de usar las manos”, uno de mis preferidos, nos aproximamos a una poética: “Sin tomar conciencia/ trata de escribir desde la posición más incómoda posible –errar el tipeo– decir algo de una forma y que suene otra. / De eso se trata: cordillera blanca y cielo rojo. /El niño busca el cansancio en los ojos de su padre. / Lo escribe. De paso, ejercita la mano y la mirada. / Todo se vuelve una cuestión de resistencia”.
- Luego, “Kínder a ciegas”, un lujo en la descripción de la foto de Auguste Sander, ¿es un autoreflejo?: “Las tres niñas, libro en mano, leen con los dedos”. Para Carrasco, inconcientemente, se lee con las manos, se hacen, como artesano, con los dedos fotografías de una realidad que cuesta mirar.
- El tiempo: palabras, palabras, palabras, que son un flujo, lo que ocurre y ocurrirá en el porvenir, como dice en “Testimonio”: “La pérdida de vivir un momento por tomar una/ fotografía” que se contrasta después con “Revelación”: “Toda la vida es un barrido a cámara lenta”.
- Cierro estas citas leyendo el poema final:

AL PONER EL OJO EN EL LENTE
Ahí están los muertos
esperando su oportunidad
para aparecer en mi memoria.

Acá tenemos estas escenificaciones de la vida cotidiana y solitaria, poemas de la intimidad, retenidos en láminas, cuadros o ventanas que avanzan como dentro de esas antiguas maquinitas Viewmaster, donde también nosotros vamos apareciendo y desapareciendo.


Roberto Contreras
Diciembre, 2011.

Fotos presentación "Viewmaster"




lunes, 28 de noviembre de 2011

Próximo título de los Cuadernos de Poesía: "Viewmaster" de Gastón Carrasco.


Poema de adelanto


Viewmaster: una imagen tras la otra
o un recuerdo estancado en la memoria

El agua estancada huele a muerto.
Nada fluye. Desconozco el olor a santidad
y no pretendo estar al tanto.
Soñar con barro es pelea. Fijo.
Agua estancada es muerte.
Voltear el tiesto es dejar fluir el torrente.
No hay vuelta atrás. Nada vuelve a su lugar.
Se pierde la cadencia.
Metáfora de la vida como el río que fluye.
Y la muerte como el mar dónde todos vamos a dar.
Cuento viejo, re viejo.

La imagen del signo astrológico de Acuario
derrama su agua sobre la penúltima página del diario.

Hay que suprimir para dejar llegar nuevos recuerdos.

Se cambia la imagen.
La chica insiste en pasar el dedo índice
por encima de la fotografía.
Impresiones adquiridas en el tacto
en la huella digital, en la iris de la piel.
Memoria táctil:
jugar con la ceniza del incienso
que se encuentra en los rincones de la casa
o con el azúcar derramada
sobre el mantel plástico floreado.

Paso siguiente, la mirada se queda sujeta
a un punto fijo en el espacio.
Quedarse pegado. Reloading mode.
Contemplación o tiempo muerto.
Alguien llama. Nadie responde.
En un pequeño temblor se vuelve a la órbita.
Así es el golpe del recuerdo
como el efecto sedante del color de ciertos ojos:
un punto y aparte y te sacan del camino.

Se cambia la imagen.
Entramos a un departamento prestado
vacante por algunos días.
Escenificamos la vida de una pareja recién casada.
Vivimos de memoria. Como si siempre hubiésemos
estado juntos en aquel lugar. El fin de semana
fue una vida.
Antes de irnos dejamos todo como estaba.
Incluso tratamos de reparar un par de cosas.
Todo a modo de agradecimiento.
Nuestras sombras se fueron con nosotros.

Se cambia la imagen.
El dedo índice se dirige a la cavidad ocular.
Una mugre entra al ojo.
Acaso no es eso es la mirada:
algo interrumpe, nubla la vista y ya.
Todo se torna difuso. Comienza la fractura.
El juego entre la mano que ajusta el lente
y la imagen por captar. Si no te apuras se te va.
Esquiva: la buena fotografía siempre es la chica
más linda de la fiesta.

El dedo índice se dirige hacia el gatillo.
La máquina dispara a su objetivo.

Última imagen.

Un tocadiscos mojado en el patio de la casa.
La música se repite en el recuerdo.

viernes, 15 de octubre de 2010

Presentación de "Infémina" de Ana Sedano por Gabriel Nicolás Larenas


Tragarse

Cuando se mastica, la cavidad bucal destruye la apariencia del alimento. Sin importar cual haya sido su cuerpo, la trituración y el ácido hacen de esa forma, esa carne, eso verde, en la misma masa. Un bolo. Se traga. Transcurrida la nutrición, todo se convierte en la misma mierda. Todo está ahí, la realidad completa (1).

Ana: escribir es masticar, y leer, tragarse la mierda. Hay cuerpos que son más fáciles de consumir, otros, no tanto; urdiendo pieles (2), comienzas, transcribiendo el instinto. Comes. El cuerpo del hombre encamado es fácil de consumir; no tanto de tragar. Es tan de matadero, como de supermercado; y cuando la carne, dicha, se empieza a pudrir, no es el putrefacto quien padece, es la persona que mastica quien comienza a oler… lamer. El cuerpo reacciona, se cuelan las heridas atravesando las carnes. La infección, sin cuerpo, desaparecería, pero aquí se está, masticando, urdiendo.

Ana: masticas lento, y en el masticar de las partes podridas te das cuenta que al morder la putrefacción también aúlla, también gime, y que dan arcadas… que también seduce, y expele un aroma que conmueve, un veneno que seda. He ahí cuando entran los dedos a la boca, los tuyos, y he ahí cuando lx otrx se densenreda: el cuerpo, al masticar, tiene un proceso único de saborear lo que se le mete a la boca. Emerge, entonces, lo ineludible, la transformación del texto, el auto-canibalismo.

Pestífera, entonces, estilas la vergüenza…al masticar tus huesos, al observar con tus propios ojos, con tu propio goce, la carne carcomida, sin poder olvidar, en un principio, la caricia del rostro sin nombre, y sin poder detener, ebria y hambrientalos sabores de tu yo. Aparece: lo abrupto de aquel recuerdo; el rostro, la caricia, el de los dientes, eras tú, un desvío, una masturbación entre espejos.

Pero si todo acabase en el goce… si el cuerpo tuviese que comer sólo una vez en la vida... Ana, lo observo, te masticas, y tomas tu tiempo en producir la saliva para tragarte. Tanto tu roer como el despojo otro, vil, de la carne, quizás, tierna, pese a sus larvas, te da hambre. Sin embargo, el tragarse te hace consciente de que tu cuerpo también es carne, por lo tanto: embestidura, forma, producción y disfraz. Sabes, entonces, que al tragarte, hervirá tanto la entraña hembra como la esperma iracunda. Sabes, entonces, que al masticar tu carne, ésta se convertirá en la misma masa. Lo roes. Me parece, que esa es parte de la lucidez de tus versos: cuando tu carne se disuelve, se devela y desprende el antifaz “mujer”. Masticas el vientre, y el vientre es yaga, es otra carne, como otra lengua, no hay artilugio en la biología de tu cuerpo. Se te despedaza la máscara impuesta, se te revelala mujer compuesta, primero despedaza, luego, artificial, que adhiere al previo putrefacto, y luego se saca, como si se sacase un vidrío de la piel al pisar un espejo quebrado.

La vulva se vuelve, el labio impaciente, dices, con gula. Descubres en el divorcio los límites de los disfraces, los nombres, y la pequeñez de la presentación superficial del ser. La Infémina se saca las hilachas de los dientes, las observas. Juntas, se enredan, los restos que quedan de unos llamados hombres, otras, mujeres. Todo eso, devorado, queda atrás, y ¡que nostalgia! En el reflujo, hay palabras… y sí, a la vez, un temor… que con las hilachas se tejen mantos, y todo género, bien cosido, es capaz de recubrir la tierra, una y otra vez.

Ana, la derrota entonces no está en esconder la cabeza en el espanto. Enfrentarse al fantasma de nuestro niñx avejentadx es parte de la saliva. Si se traga, se gana, entonces, se caga, y el desafío consiste en tomar la mierda no como un residuo, pero como parte del abono. Se masticó el ovario y se tragó la esperma, ¿qué ocurre ahora? En la ingenuidad del espasmo, te sientes travestida, ajena, animal, pero va mucho más allá. No se sabe todavía nombrar la carne innombrada, pues pocxs, si es que nadie, lo sabe…. el designio de la carne tras la muerte, el ímpetu de la resurrección, dónde quedan los ovarios en las luces inmaternas, en dónde termina la eyaculación tras la asfixia.

Cuando el (nuevo) vestido también es yaga, el proceso duele, la desencarnación enloquece, yo lo sé, tan sólo puedo esperar que en la embestidura de la bestia nueva, el animal no encuentre nombre contra el cual chocar y que la pájara derretidase disuelva, desde el hierro, en el éxtasis de la plenitud de caer. Infémina; desencamado, el bolo irreconocible; sin formato, sin vestido, y saturado de sus propios sabores, ácidos. Cuerpo, al borde de la deglución, y que se vomita, se dice, se llama, se enuncia, con un adjetivo, no un nombre propio, porque se lanza, se lanza hacia adentro, para desposeerse y disolverse (lo cual no implica desaparecer… al contrario). Se llama a sí misma, “Infémina”; se llama así misma desde la renuncia, acto y figura que todavía es tan difícil de entender. Renunciar, que sí, es negar pero no en la negación rotunda, no implica tachar el pasado, u olvidar los estados de la permanencia del yo… del yo que ha sido, del yo que ha sido obligado a ser. En el bolo quedan todos los residuos de la lengua de aquellas permanencias; fierros de la jaula que, Ana, sacas uno a uno, minuciosamente, dentro de la masa. Lúcida de la trituración, los trozos, los fierros, que son las palabras, y no distingue mano de boca, dicen:esta fiebre de hembra enferma, enfuréceme… ¿Era ésta la fémina, carne? ¿era ésta la infáme? ¿carezco hembra de honra? Quizás todo lo contrario, quizás sea aún más agudo, quizás, mejor, sea peor; pero en la expulsión, que es cuando se traga, la esencia se purga. La Infémina no se define; y esa es la honestidad de la renuncia lenta. Se abre al devenir, pero enraizada en la negación. Todo lo que este yo reconozca, sí, en la palabra suelta, se encuentra; caliente, se desgloza, hacia el encuentro, la caída sin vectores. El cuerpo es otro, el ojo, es otro, en otra hoja, en oja otra… y no hay cuerpo nombrable, tragable, putrefacto, no hay nombre, aislamiento, para arrestrar la cadencia… Infémina. La astilla; se desvía, se entierra, con hambre nueva, con vista de hambre, y no convicta al hombre, su hambre.


NOTAS

(1) En relación al epígrafe que utiliza la autora; un texto de Nadia Prado.

(2) Todas las palabras en cursivas de aquí en adelante son referencias a versos de la autora.

Lanzamiento de "Infémina" de Ana Sedano